Colegas médicos, felicidades

Sábado 7 de diciembre de 2019
José Miérez

Por José Miérez Gerontólogo

Pese a las crisis permanentes en la que ejercemos nuestras actividades y tareas sigamos teniendo fortaleza y alegría. Hemos durado hasta ahora en esta vida, hemos hecho frente a dificultades, hemos superado obstáculos, hemos ganado batallas. Pero también hemos perdido, hemos retrocedido, hemos sangrado y nos retiramos ante frentes difíciles y banderas hostiles. Estamos cansados y pedimos tregua y entonces vuelve a nacer la fuerza del espíritu en nosotros, afirma nuestros escudos, afila nuestras lanzas y hace sonar trompetas de victoria en los campos de nuestra historia personal y social (hemos curado y rehabilitado a muchos).
Solicitamos el privilegio de tener la sabiduría y entendimiento de Salomón, la prudencia y fortaleza de David, el conocimiento y el temor de Dios de los patriarcas y profetas. Quisiera dejar aclarado para que se entienda, que tengo la suerte y posibilidad de dedicar todos los días dos horas para leer, consultar, estudiar, discernir y cuando más aprendo más me asusto por todo lo que ignoro y trato de aprender para poder transmitir y disfrutar con ustedes esa transferencia de conocimientos que les pueden ser útiles, y trato de adaptarlos a traes de las publicaciones periodísticas.
Los ateos, los agnósticos, los creyentes, vemos en los enfermos a los seres preferidos. La Iglesia, cuerpo místico de Jesús, ve en los enfermos a sus miembros doloridos.
El desaparecido pontífice Pio XII expone en forma sencilla y transparente el retrato del médico integral:
“Oh médico divino de las almas y de los cuerpos. Jesús Redentor que durante tu vida mortal mostraste predilección por los enfermos, curándolos con el toque de tu mano omnipotente. Llamados a la ardua misión de médicos, te adoramos, y reconocemos en ti a nuestro excelso modelo y sostén. Mente, corazón y mano sean siempre por ti cuidados de manera que merezcan las alabanzas y el honor que el Espíritu Santo atribuye a nuestro oficio (Ecc. XXXVII, 1,15).
Acrecienta en nosotros la conciencia de ser en cierto modo colaboradores tuyos en la defensa y desarrollo de las criaturas humanas e instrumentos de misericordia. Ilumina nuestras inteligencias en la dura prueba contra las innumerables enfermedades de los cuerpos, con el fin de que valiéndonos rectamente de la ciencia y de sus progresos, no nos resulten ocultas las causas de los males, ni nos induzcan a engaño sus víctimas, sino que con juicio seguro podamos indicar los remedios dispuestos por tu providencia.
Dilata nuestros corazones con tu amor, de tal forma que viéndote a ti mismo en los enfermos, especialmente en los más abandonados, respondamos con incansable solicitud a la confianza que ellos depositan en nosotros.
Haz que, imitando tu ejemplo, seamos paternales en compadecer, sinceros en aconsejar, activos en curar, ajenos a la formulación de ilusiones, suaves en el preanunciar el misterio del dolor y la muerte; y que, sobre todo, nos mantengamos firmes en defender tu santa ley de respeto de la vida, contra los asaltos del egoísmo y de los instintos perversos.
Como médicos que nos gloriamos de tu nombre, prometemos que nuestra actividad se inspirara constantemente en la observancia del orden moral y bajo el imperio de las leyes.
Concédenos, en fin, que nosotros mismos, por la conducta cristiana de la vida y el recto ejercicio de la profesión, merezcamos un día escuchar de tus labios la beatifica sentencia, prometida a los que te visitaron en los hermanos: venid, benditos de mi padre, y tomad posesión del reino para vosotros preparado”.
Mis queridos colegas, mis queridos vecinos, mis queridos viejos, su familia, su entorno; ustedes deben saber que me siento un obrero profesional adiestrado, formado y educado como médico (1961), diplomado en Salud Publica (1967) y dedicado por vocación a las antigüedades, desde siempre tratando de servir al ser “humano envejecido”, como envejece, porque envejece, que reclama que necesita (gerontología), y a través de la medicina antropológica o de la persona que avala con justicia el concepto que el hombre es siempre la unidad cuerpo–alma y nos lleva a que estudiemos comprendamos, enseñemos que más que tratar el órgano enfermo lo hagamos a la persona y que nos recuerde lo que Pasteur Vallery Radot expresaba: “La medicina no ha dejado de ser nunca un arte científico en el que tiene un papel esencial la conciencia del médico, de ese medico cuyo ser es, sí, ser lo más que pueda un sabio, pero ante todo conservar el juicio claro, la conciencia pura y el corazón accesible a la piedad”. Qué entendemos por piedad: una devoción, conmiseración, compasión, lastima.
Aprender que la medicina es ciencia, conciencia, honor, caridad para poder ejercer el acto médico que al decir de Duhamel “comienza con una conversación, se continua con un examen y termina con una prescripción”.
El enfermo, alarmado por la ruptura de su silencio interno, angustiado por el interrogante que le plantea su instinto de conservación agredido, tiene al medico como un salvador; Patronio pesimista y agresivo hasta la ironía afirmaba. “El médico no es otra cosa que un consuelo del espíritu”. En cambio el noble y eficaz Ovidio decía: “Aprende a curar del mismo modo como aprendiste a amar”. A la persona humana del médico le cabe la frase de Leibbrand: “El médico para ser médico debe ser más que medico”.
Lo más importante en la medicina es la actitud humana. Como médico debemos ser humanos. La medicina es uno de los modos de las relaciones humanas de personas con personas.
Adelante siempre adelante, tendamos la mano, defendiendo la verdad, ayudemos a nuestro prójimo, que hay muchos que nos necesitan, priorizando a los ancianos, que son conscientes que pasaran a la otra orilla y cuanto más tarden mejor. Sin temor, sin dolores y acompañados.

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