María Josefa - El Territorio Misiones

María Josefa

Domingo 28 de junio de 2020 | 07:30hs.

Por Rubén Ricardo Ferroni Escritor

Mes de junio de 1820, frío y húmedo en Buenos Aires, una ciudad con pocas calles empedradas, y una casa solariega de los Belgrano una familia venida de Italia de la zona de Génova.
La casa muy cerca de la iglesia de Santo Domingo, donde están guardados los trofeos arrancados a los ingleses en 1806, en una de las habitaciones yace enfermo en su lecho don Manuel Belgrano.
La habitación casi en penumbras, tal vez demasiada austera, tanto como la celda de un monje y junto al lecho del enfermo dos presencias, un niño de unos siete años y una mujer joven y agraciada, doña María Josefa Ezcurra de Arguibel, madre del pequeño.

Mi querida Pepa -con voz débil y mirada afiebrada Belgrano le habla a la mujer- me da gozo poder verla, que grande está mi hijo Pedro, hermoso muchacho, y estoy satisfecho de que se críe con su hermana Encarnación y su esposo don Juan Manuel de Rosas, gente honorable y de bien, no tengo duda de que van a brindarle buena educación y buenos valores, lo van a ser un buen cristiano. Mi fin se acerca y es una preocupación menos, le agradezco tanto que haya venido y siguiera mis consejos con respecto a este hijo querido, se que don Juan Manuel y doña Encarnación lo van a colmar de afectos.
Así es mi general -amorosamente le dice Josefa- de ello no tiene que tener ninguna pesadumbre, usted sabe el amor y la admiración que le profeso, le he acompañado en los momentos más importantes de su vida, estuve cuando lo designaron jefe del ejército del Norte, cuando creó la bandera de la Patria, cuando la bendijeron en Jujuy y le dieron entidad espiritual y trascendencia.
Yo también siento por usted un gran amor -le confiesa Belgrano- y le confié porque elegí esos colores, ante todo por respeto, son los colores borbónicos del escudo de Carlos III, y yo juré por ellos cuando me recibí en Salamanca, esa magnífica universidad, la mejor de Europa donde estuvo Francisco Vitoria y Francisco Suárez el maestro de Descartes y el mexicano Antonio Rubio enseñando lógica, no podía deshonrar tan solemne juramento. Además cuando mi padre llegó de Oneglia, Italia, juró ante el mismo escudo, ser súbdito español y Carlos III generosamente lo nombró regidor y miembro del Tribunal de Cuentas en Buenos Aires.
Usted estuvo María Josefa – continúa Belgrano- cuando el canónigo Gorriti, en la iglesia matriz de Jujuy bendijo la bandera sostenida por mi y luego el juramento ante las tropas y el pueblo en la plaza, que acto emocionante y me llenó de ternura verla entre la gente, que sacrificado esfuerzo su viaje desde Buenos Aires, muy largo y extenuante. Luego me ayudó a producir el éxodo jujeño, allí había que poner sentimiento patriótico.
Belgrano dispuso que los jujeños abandonaran la ciudad sin dejar nada que pudieran aprovechar sus enemigos: armas, ganado vacuno, caballares, mulares y lanares; ordenó levantar la cosecha de las plantaciones y a los comerciantes embalar su mercadería y remitirla a Tucumán. Además, impuso una férrea disciplina que podía llegar al fusilamiento, para todos aquellos que “por sus conversaciones o por hechos, atentaran contra la causa sagrada de la Patria, sea de la clase, estado o condición que fuese”.
El 24 de agosto las tropas virreinales al mando de Pío Tristán invadieron Jujuy y la ocuparon por más de seis meses. Nada detuvo a Manuel Belgrano en su objetivo. Gracias a ese esfuerzo supremo, fue posible ganar la batalla de Tucumán, primero, y la de Salta, en 1813, tras lo cual los jujeños pudieron regresar a su tierra.
Como admiré su decisión General -dijo María Josefa- que determinación, que grandeza, yo me mezclé entre la gente, hablé con los vecinos y ese pueblo respondió con convicción que orgullo sentía al acompañarlo con todo ese pueblo hasta Tucumán y me acuerdo del bando que mandó a publicar una frase me conmovió realmente: “Causa a que están obligados cuantos disfrutan de los derechos de propiedad, libertad y seguridad en nuestro suelo, debiendo saber que no hay derecho sin obligación y quien sólo aspira a aquel sin cumplir con esta, es un monstruo abominable, digno de la execración pública y de los más severos castigos”.
Como se acuerda usted mi querida -dice el convaleciente general- recuerdo la llegada a Tucumán y como me acompañó ante el altar de la virgen de las Mercedes donde oramos un largo rato pidiendo la intercesión para vencer a las tropas de Tristán quienes nos doblaban en número de soldados y armamentos a nuestro ejército y creo que nos escuchó.
Claro que sí General -interviene Josefa- se triunfó venciendo miles de dificultades y vivimos con mucha felicidad esos momentos, al año siguiente nos dirigimos a Salta y allí si hicimos uso de nuestro símbolo máximo, el que usted pergeñó la bandera de la Patria, antes de llegar a la ciudad hizo jurar la bandera en el Río Pasaje, el triunfo de Tucumán y la esperanza de volver a Salta y Jujuy, dio una mística especial, los festejos por el triunfo fueron entusiastas, tanto que fue el momento que quedé embarazada de Pedro.
Fuimos muy felices por poco tiempo -fatigadamente continuó Belgrano- luego esa orden desacertada, como siempre, desde Buenos Aires de proseguir hacia el norte y le recomendé que se volviera y vinieron las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma y desde entonces que no la veo, lamento que me viera en estas condiciones. Se está haciendo tarde y sería prudente que se volvieran.
Si mi General -Josefa asintió- mi hermana Encarnación está procurando por mí para llegar hasta Monserrat, no es mucha distancia, usted no se fatigue, dele la bendición a su hijo.
El niño se acercó y Belgrano con mucha emoción le dijo -Dios sea contigo, sé una buena persona-. Conmocionado el niño le contestó -Gracias padre, Dios lo bendiga a usted también-
María Josefa se acercó y rozó sus labios con Belgrano, tomó al niño de la mano y se despidió -Hasta siempre mi General-.

Primer premio “I Certamen de Poesía y Cuento el General Manuel Belgrano y nuestra enseña Patria“ organizado por la Sade Misiones y la Brigada de Monte XII del Ejército Argentino.

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