Notas desde el exilio - El Territorio Misiones

Notas desde el exilio

Domingo 28 de junio de 2020 | 03:30hs.

Por Mano Vogler Escritor

Fui exiliado. O estoy exiliado. Una condena leve el exilio, considerando que el crimen del que estoy acusado es el de dar muerte a mi hermano menor.
Bien fundada acusación, por cierto, ya que el fratricidio fue cometido a la vista del Juez, en Su Presencia Inevitable. Bastante blando el castigo, decía, al que se le añade el beneficio de esta marca en mi frente, que es para que nadie que me encuentre me mate, según me lo explicó en su momento el Juez. En verdad no estoy seguro de la utilidad de la marca, de su beneficio. Ignoro quién o quiénes son los que puedan llegar a encontrarme, hasta este momento los únicos que habitan la tierra, según entiendo, son mi padre, a quien el Juez formó del barro, mi madre, que salió de su costilla, y yo. A mi hermano, Abel se llamaba, ya he dicho que lo maté.
Voy con rumbo a Nod. No sé dónde queda Nod, cuántos días de viaje serán hasta allí. Pero es el lugar que el Juez designó para cumplir mi pena. No me explicó ni dónde queda Nod, cómo se llega. Quién le habrá puesto ese nombre a la ciudad, quiénes y cómo serán sus habitantes, los nodenses, nodeños, noditas, nodianos. Qué costumbres tendrán, me pregunto, adónde mandarán de castigo a los fratricidas. Mi ciudad, si es que se puede llamar ciudad a una tierra donde vivían sólo cuatro habitantes, no tenía nombre, al menos mientras yo estuve ahí. La llamábamos Edén, pero no sé si ese era el nombre.

El único que puede responder a todos estos interrogantes míos es el Juez, pero es obvio que lo suyo no es dar explicaciones. Todavía recuerdo las palabras que me dijo aquél día y todavía no alcanzo a comprenderlas, “Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? Y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta”. Nadie me habló nunca de pecado, todavía nadie dijo, “No matarás”, no existen los Diez Mandamientos ni mucho menos un Código Penal serio, que garantice que la Justicia sea.
Justicia. Mañana se dirá que maté a mi hermano Abel por una cuestión de celos, cándida manera de banalizar el maltrato al que fui sometido por años. Años doblado sobre el surco, pendiente de la lluvia y de la helada, del granizo y la langosta. Años chamuscándome el cuero bajo este sol inmenso, prendido al arado como si me aferrase a las piernas de una mujer, de la mujer que hasta ahora no vi, que la única que conozco es mi madre. Años peleando, en una lucha desigual, contra cardos y espinos, contra la maleza que de la tierra brota como consecuencia de la transgresión de mis padres, de ellos y no mía. Mientras el bueno de Abel apacentaba sus rebaños echado a la sombra de los árboles, sin más preocupación que la de imaginarse el almuerzo.
Pero claro, al Juez, a quien prefiero llamar Juez y no lo que técnicamente es, mi abuelo. Al juez, decía, le encanta el olor de la carne quemada en lo sacrificios, la sangre que mana a borbotones del animal aún con vida. La grosura de las bestias, sus vísceras, junto con todo y cuero y astas y pezuñas, todo ardiendo y crepitando sobre el altar. El humo de los animales incinerados sube hasta sus narices como el agradable aroma del incienso. Imagínense, después de ese espectáculo, al que bien le cabría el calificativo de Dantesco, vengo yo a ofrendar mis calabazas, mis frijoles y mis zanahorias. Parece una broma.
Quedaré, pues, para las generaciones venideras, como ejemplo de mal hermano, de tipo ladino y rencoroso. Nadie hablará del nieto desdeñado, o del obrero esforzado y mal pago, sólo recordarán al asesino.
No extraño mi casa ni mi familia. Nos los extraño, no siento ninguna nostalgia por esas personas ni por la tierra, esa tierra hostil que me consumía las fuerzas y lo único que me daba a cambio era el fruto del desprecio.
Mis padres, mientras tanto, en lugar de hacer más hijos con el fin de que colaboren en la economía del hogar, se la pasaron viéndonos crecer, a Abel y a mí, entre las disputas que ocasionaban mis reclamos y su desaprensión. Seguro que ahora que se quedaron solos sí van a tener otro hijo. Que les aproveche.
A lo mejor Nod significa Nada. Mi sentencia, de la que no quedó ningún registro escrito, decía, “errante y extranjero serás en la tierra”. Si voy a ser errante y extranjero, no tiene ninguna lógica que vaya y habite en un lugar llamado Nod, me afincaría allí y, a partir de ese momento, dejaría de ser errante y, con el tiempo, dejaría también de ser extranjero.
Nos criamos pues, Abel y yo, viendo a nuestro padre ganarse el pan con el sudor de su frente. Conforme a la sentencia que oportunamente le dictó el Juez, fue él, mi padre, quien comenzó con los trabajos de labranza. La que se ocupaba de las pocas ovejas que teníamos era mi madre. Se repartían entre ambos el cuidado de los críos que, pequeños y limitados para las labores del campo, éramos más molestia que ayuda.
Muchas veces sucedió que, estando yo en las labores del campo, venía mi madre con algunas viandas, con el cántaro de agua o sólo a preguntarme cómo me estaba yendo con el trabajo. Yo me quedaba viendo esa piel morena, casi tanto como la mía, barnizada por el sudor; esas caderas de madre nueva, el cabello desordenado, esas piernas delgadas pero fuertes. Sí, creo que mi padre debió percibir algo en esas miradas y, a partir de entonces, se instaló en su corazón la idea de matarme.
De todos modos, cuando tuve el tamaño necesario como para prenderme al azadón, al azadón me prendí. No sé cuántos años habré tenido, los almanaques irán a inventarse mucho tiempo después, pero apenas me levantaba un palmo por encima del cinto de mi padre.
Abel, más delgado y más pequeño, iba con mi madre a apacentar el rebaño. Distraían el tiempo en juegos, típicos juegos de madre e hijo. De tanto en tanto mi madre levantaba la vista para controlar que ningún animal se apartase demasiado de la manada, que si tal sucedía, ella lo hacía volver al grupo con un solo silbido, tan mansas eran esas bestias.
Recuerdo que Abel mamó de las tetas de mi madre hasta que llegó con la cabeza a la altura del lugar por donde fue parido. A Abel le nació vello en sus partes íntimas un tiempo antes que a mí, tampoco demasiado. Pero allí se quedó, lampiño, huesudo, débil y pálido, mientras mi pecho se iba cubriendo de un pelo grueso y oscuro, igual que el de mi barba y mi melena. En los juegos que llegamos a jugar, yo levantaba a mi hermano utilizando la fuerza de un solo brazo. Creo que fue por aquél entonces que mi padre comenzó a verme como a un posible rival. Cuando mi madre celebraba demasiado mis destrezas y mi potencia en el juego, mi padre daba por terminada la diversión. “Debemos economizar fuerzas para el trabajo”, decía.
Lo único que tengo en la cabeza son recuerdos, es como si no pudiera enfocarme en lo que, a partir de ahora, será mi nueva vida. No sé qué voy a hacer cuando llegue a Nod, el trabajo de campo debe ser poco requerido y menos remunerado en las ciudades de verdad. Es cierto que en Edén no ganaba mucho, además estaban las ofrendas que, de tanto en tanto, teníamos que presentarle al Juez. Pero nunca me faltó el techo ni la comida. Por qué hablar en términos de ganancia, si el total de nuestra producción se dividía entre el Juez y nosotros, que no existían vecinos con quien negociar. Pero hablando de las ofrendas, recuerdo el día en que mi hermano y yo fuimos a presentar la famosa ofrenda de la discordia, esa que le costó la vida a Abel y por poco me cuesta la mía. Como todos los días, yo me levanté antes que mi hermano, al alba, que para trabajar en el campo es mejor aprovechar las horas en que el sol es más benévolo. Recorrí a pie la no muy vasta extensión de suelo que ocupaba mi sembradío, despacio, evaluando, cuál es la mejor calabaza, los mejores tomates, las patatas mejores. Seleccioné con primor cada uno de los productos, esta vez sí iba obtener la conformidad del Juez, su reconocimiento. Acomodé todo en un carro y, tirando yo mismo de él, me encaminé hacia el lugar donde solíamos ofrendar el fruto de nuestro trabajo. Empecé a descargar mi carro ante la mirada inexpresiva del Juez. Lo mejor, lo más grande y lo más colorido de mi huerta pasaba delante de sus ojos como si fuese una simple lluvia. En eso estaba cuando escuché, a mis espaldas, el balido de las ovejas de Abel.
Es una pena haber usado antes la palabra Dantesco. Ahora ya no tengo calificativos para describir lo que fue aquello. Una nube de lana y carne deslizándose en medio de otra nube de polvo, mil balidos y los gritos y silbidos de Adán y de Abel.
Ayudado por mi padre, cuándo no, mi hermano comenzó a separar las crías, primogénitas todas, de las demás ovejas, las más gordas que había en la majada. La cara del Juez se iluminó de inmediato, la sombra de aburrimiento que le cubría el rostro se disipó por completo y una sonrisa de satisfacción plena se dibujó en esa boca que hasta hace un rato bostezaba. Ya lo he dicho antes, al Juez le encantan la sangre y el fuego, cuanto más de ambos, mejor para Él. Con una increíble rapidez, no exenta de precisión, padre e hijo comenzaron a degollar y eviscerar los ovinos uno a uno y a colocarlos sobre la pira de los sacrificios. La sangre se escurría en verdaderos torrentes, chorros incontenibles de la roja sustancia regándolo todo, el suelo, las ovejas aún vivas y a los propios verdugos. La expresión del Juez cambió, decía yo antes. La mía también.
El olor a la calcinación de esos animales me provocó arcadas, una, dos, tres, hasta que vomité las frutas que comí en el desayuno. Me cubrí la cara con el brazo y salí corriendo, huyendo del furor de semejante masacre que más adelante recibirá el nombre de holocausto, ya sea que se trate de animales o de personas.
Llegué a casa y me puse a llorar. Me veo allí, en mi habitación, no sé cuántos años tengo, ya dije que aún no se inventó una manera de medir la vida, pero soy un buen ejemplar de macho adulto, grande y peludo, llorando como el niño que alguna vez fui y que, con dolor lo digo, nunca volveré a ser.
Mi madre habrá quedado celebrando, junto con su primogénito y su esposo, el resultado de la chacina, que es la bendición. Pero Eva me siguió hasta aquí. Cuando la puerta del cuarto se abrió, juro que esperé ver allí a toda mi familia, que es lo mismo que decir a toda la humanidad. Fue demasiada expectativa, sólo estaba Eva. Se acercó muy despacio y se sentó a mi vera, metió sus dedos finos entre mi cabello grueso y dijo, “Sé como te sientes”. No hubo que decir más, mis brazos rodearon su talle y yacimos allí mismo, en la cama donde antes yo había abrazado nada más que su vestido. Adán nos descubrió sin sorpresa, se habría imaginado que, tarde o temprano, yo ocuparía su lugar. Cerró la puerta y se fue.
Yo estoy acostumbrado a hablar el idioma de las sombras, aprendí a interpretar lo que ellas tienen para decirme, Abel no. Mi hermano Abel se pasó más de la mitad de su vida bajo la copa de un encino joven. Él, mi hermano, ignora cómo se mueven las sombras, yo no.
Me pareció algo extraño que Abel me pidiese ayuda aquél día. Él solía ir, solo o acompañado de mi padre, a apartar los animales que serían para el sacrificio de los que serían para consumo interno del hogar, de la familia que todavía no tenía apellido y que aún sigue sin tenerlo, que se sepa. De todos modos accedí, pensando que sería una buena oportunidad de reconstruir el vínculo fraternal, tan deteriorado por el Juez y sus preferencias.
Mi hermano iba muy callado. Nos detuvimos en el barranco que pone fin a una pequeña meseta, desde allí se puede ver nuestra casa, el humo saliendo por la chimenea.
Abel se quedó a unos pasos detrás de mí, yo me distraje un segundo y ahora se entenderá por qué antes hablé de las sombras. Sobre las rocas del suelo, a poca distancia al costado de donde estaba yo parado, vi formarse la sombra de mi hermano, los brazos en alto, sujetando una piedra grande como la mejor de mis calabazas. Retrocedí un paso y, sin darme vuelta, largué el codo en la dirección que la sombra de Abel me indicaba, él dijo “ug” y la piedra escapó de sus manos y cayó sobre mi tobillo provocándome un dolor que me cegó. Ahí sí me di vuelta y, con el envión del giro, conecté un zurdazo al mentón de un Abel sorprendidísimo que todavía no se recuperaba del codazo en el estómago. Cayó sentado. Su cabeza me quedó servida y le dí una patada que lo tendió desmayado. Debí dejarlo ahí, tirado, que para escarmiento bastaba. Pero yo, así como el Juez, también quería mi cuota de sangre.
Tomé la piedra que hace un rato estuvo por convertirme en la víctima de este relato, la levanté así como lo hizo Abel y me puse en el papel de victimario. Estuve a punto de dejarla caer, que con el solo peso hubiese sido suficiente para ultimar a ese tipo traicionero y cobarde que ahora estaba entregado a lo que a mí me apeteciese hacer con él. Pero me arrodillé y bajé la piedra con todas mis fuerzas, el ruido del cráneo me hizo recordar un ánfora que días atrás había resbalado de las manos de Eva, haciéndose trizas. Volví a levantar esa roca, ahora convertida en arma homicida, y repetí el mismo movimiento una y otra vez, hasta que ya no tuve brazos, entonces escupí sobre ese amasijo de pellejo, pelo, sangre y hueso triturado. Dos veces.
Cuando regresé a casa solo, Adán y Eva se me quedaron viendo en silencio. Yo pasé frente a ellos, fui a la cocina, cargué en mi morral cuatro manzanas y un pan y salí sin decir nada. Era casi mediodía, la hora sin sombras.
“Adónde vas”, escuché la voz del Juez, potente, soberbia, atronando desde más allá de las montañas.
“Usted sabe todas las cosas, Su Señoría”, dije, con aplomo y sin detener el paso, “Sabe a dónde voy y también sabe de dónde vengo”.
-Esa no es manera de dirigirse a mí.
-No me dirijo a usted, Su Señoría, voy en sentido contrario.
El Juez no logró hacerme confesar, no fue necesario. Yo sabía que a Él no le interesaba escuchar mi campana.
Así fue como fui desterrado, así lo cuento, esta es mi versión de los hechos. Siendo tan sólo cuatro habitantes, los que representábamos al género humano, viene a darse este desenlace, tamaña vileza, semejante despropósito, qué sucederá cuando seamos millones. Si a alguien se le diera por las estadísticas, podría decir que, en este período de tiempo en el que me tocó vivir, el cincuenta por ciento de la población tiene una importante tendencia homicida, y de ese cincuenta por ciento, la mitad logra su cometido: Matar.

Relato inédito. Vogler es autor de los libros Esperanza y la muerte y la trilogía Delincuentos. Email: mano38@live.com.ar

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